(Fuente: El Mundo de 5 de marzo de 2009)
A pesar de que la tendencia actual es enseñar a nadar a los niños lo antes posible, no existen evidencias sólidas de que este factor contribuya de manera fehaciente a reducir la tasa de ahogamientos: alrededor de 200.000 anuales en todo el mundo. Es más, en ocasiones se ha apuntado la posibilidad de que el hecho de hacer perder prematuramente el miedo natural que tienen los niños al agua con lecciones de natación puede tener un efecto contraproducente. Por un lado, el pequeño puede sentir una falsa sensación de seguridad que le lleva a arriesgarse demasiado. Por otro, los padres, demasiado confiados en las habilidades acuáticas de su retoño pueden descuidar o relajar la vigilancia en zonas de peligro. Sin embargo, una investigación llevada a cabo en varias localidades de Estados Unidos avala las ventajas de procurar que los niños de entre 1 y cuatro años naden o, al menos, puedan mantenerse a flote durante un espacio más o menos prolongado de tiempo con respecto a la reducción del riesgo de fallecer ahogado. PROTECCIÓN Concretamente, los chavales que asisten a clases de natación tienen hasta un 88% menos de posibilidades de sufrir un percance fatal en un medio acuático que sus homólogos que no reciben dicha formación. Esta protección se prolonga en las etapas posteriores de la vida, aunque este beneficio se hace menos patente porque normalmente una persona que no sabe nadar no suele acercarse al agua. Los autores del nuevo trabajo admiten que este adolece de ciertos puntos débiles, como el escaso tamaño de la muestra (menos de 100 casos), pero explican que, por el contrario, es valioso porque desecha la idea de que instruir a los niños en la actividad de nadar puede ser perjudicial y, además, encuentra una gran utilidad en una actividad física que puede impartirse en cualquier parte del mundo sin necesidad de hacer un gran desembolso económico y de infraestructuras por parte de progenitores y autoridades sanitarias. En cualquier caso, también advierten de que el hecho de saber nadar no garantiza estar a salvo de ahogarse y aclaran que las clases de natación han de ser un eslabón de una cadena preventiva formada, entre otras estrategias, por la acotación y vallado de piscinas y albercas, supervisión adulta cualificada y entrenamiento en resucitación cardiopulmonar para aplicarla en caso de necesidad. El editorial que acompaña a este análisis redunda en las ventajas de enseñar a los niños a nadar. Finalmente, en nuestro país, y a pesar de no existir unas recomendaciones oficiales acerca de cuál es la edad idónea para empezar a familiarizarse con el medio acuático, los especialistas también van en esa línea. «No es necesario que aprendan a nadar; con saber flotar es suficiente para ganar un tiempo precioso en caso de apuro», explica una pediatra del Hospital San Rafael de Madrid.